Era la cuarta hora de clase, en una tarde de invierno, para los alumnos del quinto año de secundaria del colegio nacional San Juan de Trujillo.
Corría 1961 y el plantel completo funcionaba en el tradicional local de Independencia. Integrábamos la promoción Augusto García Llerena.
Sonriendo, como casi siempre, ingresa al aula el teacher Ademar Villegas Zavaleta. Nos ponemos de pie, a manera de saludo y, calmadamente, expresa:
-- Tomen asiento, jóvenes.
Al instante, el “Mono” Zapata y el “Chayo” Álvarez, alteran el ambiente y arman un alboroto en la carpeta bipersonal que ocupan.
El profesor los ignora. Va al fondo, regresa y se detiene al costado de ellos, mientras todos los alumnos seguimos observando al frente, a la pizarra.
Fijamente mira al “Mono”, abre la palma de su mano derecha y la asienta sobre la cabeza del estudiante.
Sujetando con fuerza su cabellera, procede a girarla como remolino. El “Chayo” recibe después el mismo castigo.
El ruido nos hace voltear. Sin comentarios. No pasó nada.
Ocurría lo mismo con quien no sabía las conjugaciones elementales de inglés. No hubo queja, ni reclamo por eso. Ni siquiera se comentaba en casa.
El curso de Instrucción Pre Militar escribió su propia historia.
‘Empezaba con la presentación. Vestíamos el uniforme comando color beige. Con corbata, cristina, galones e insignia. Todo en su lugar.
Zapatos brillantes, como un espejo y correa de lona gruesa.
En el aspecto personal. Pelo corto, sin patillas, ni bigotes y correctamente afeitados. Impecables.
Al entrar el oficial, ponerse de pie en un segundo era el saludo. Sin mover la cabeza, ni una sola parte del cuerpo. Silencio absoluto. Sepulcral.
El militar recorría varias veces los pasadizos revisando uno por uno cada detalle. El porte marcial era obligatorio.
-- Colóquese correctamente la cristina. Los galones están torcidos. La insignia debe estar cosida, no con broches –eran sus frecuentes indicaciones.
Y, la de cajón.
- -- ¡Párese bien. Derecho. Como hombre...! ¡Este no es un colegio de señoritas…!
El examen final era con balotario y oficiales invitados. Las clases de IPM contribuyeron a perfilar nuestra formación en el hogar. Y hacernos personas de bien.
Expresiones contundentes. Vivencias, escenas y consejos que quedaron grabados para siempre en la memoria.
Entre nosotros nunca se habló de drogas, licor, ni cosas similaeares. Éramos “zanahorias”.
Lo “peor” que se podía pronunciar en el plantel, eran los apodos. Nadie se libró de cargar al hombro con su “chapa”. Tampoco los profesores.
Al japonés Toma, le decíamos “Chino”, a un compañero que tenía un tic óptico “Ojitos” y a dos que llegaron de la sierra “Olluco” y “Caldo de habas”.
Tampoco yo salí librado. “Negro Freddy”, fue el apelativo con el que me “bautizaron”. Sin necesidad de acudir a la iglesia.
En esa época ni se soñaba con la discriminación racial. No había DEMUNA. Los padres tenían consideración y aprecio a los profesores.
Ocurrió lo mismo en la Universidad Nacional de Trujillo. Todos amigos. De donde salimos con un título bajo el brazo a luchar por la vida.
Son pequeños retazos de aquella inolvidable fase estudiantil, que afloraron ahora que el gobierno quiere devolver la autoridad a los maestros y el respeto entre alumnos.
Ojalá que las medidas por adoptar sirvan para encarrilar mejor a la actual generación digital, dominada por lo material, que tanta orientación requiere.
Quienes estamos a punto de partir, vivimos en otro tiempo. Transitamos caminos diferentes a los de hoy.
Donde hubo escaso egoísmo y mesurado afán de ostentación.
Con muchas limitaciones, tal vez. Pero, la pasamos tranquilos. Con menor vértigo, menos miedo y más sonrisas…








