Grupo de alumnos de la Promoción 1961 de San Juan, con Pedro Heredia, el último instructor IPM . De izquierda a derecha, entre los que aparecen de pie, soy el quinto.
Era la cuarta hora de clase, en una
tarde de invierno, para los alumnos del quinto año de secundaria del colegio
nacional San Juan de Trujillo.
Corría 1961 y el plantel completo funcionaba en el
tradicional local de Independencia. Integrábamos la promoción Augusto García
Llerena.
Sonriendo, como casi siempre, ingresa al aula el teacher
Ademar Villegas Zavaleta. Nos ponemos de pie, a manera de saludo y,
calmadamente, expresa:
-- Tomen asiento, jóvenes.
Al instante, el “Mono” Zapata y el “Chayo” Álvarez, alteran
el ambiente y arman un alboroto en la carpeta
bipersonal que ocupan.
El profesor los ignora. Va al fondo, regresa y se detiene
al costado de ellos, mientras todos los alumnos seguimos observando al frente,
a la pizarra.
Fijamente mira al “Mono”, abre la palma de su mano
derecha y la asienta sobre la cabeza del estudiante.
Sujetando con fuerza su cabellera, procede a girarla como
remolino. El “Chayo” recibe después el mismo castigo.
El ruido nos hace voltear. Sin comentarios. No pasó nada.
Ocurría lo mismo con quien no sabía las conjugaciones
elementales de inglés. No hubo queja, ni reclamo por eso. Ni siquiera se
comentaba en casa.
El curso de Instrucción Pre Militar escribió su propia historia.
‘Empezaba con la presentación. Vestíamos el uniforme
comando color beige. Con corbata, cristina, galones e insignia. Todo en su
lugar.
Zapatos brillantes, como un espejo y correa de lona
gruesa.
En el aspecto personal. Pelo corto, sin patillas, ni
bigotes y correctamente afeitados. Impecables.
Al entrar el oficial, ponerse de pie en un segundo era el
saludo. Sin mover la cabeza, ni una sola parte del cuerpo. Silencio absoluto.
Sepulcral.
El militar recorría varias veces los pasadizos revisando uno
por uno cada detalle. El porte marcial era obligatorio.
--
Colóquese correctamente la cristina. Los galones están torcidos. La insignia debe estar
cosida, no con broches –eran sus frecuentes indicaciones.
Y, la de cajón.
- -- ¡Párese bien. Derecho. Como hombre...! ¡Este no
es un colegio de señoritas…!
El examen final era con balotario y oficiales invitados. Las
clases de IPM contribuyeron a perfilar nuestra formación en el hogar. Y
hacernos personas de bien.
Expresiones contundentes. Vivencias, escenas y consejos
que quedaron grabados para siempre en la memoria.
Entre nosotros nunca se habló de drogas, licor, ni cosas
similaeares. Éramos “zanahorias”.
Lo “peor” que se podía pronunciar en el plantel, eran los
apodos. Nadie se libró de cargar al hombro con su “chapa”. Tampoco los
profesores.
Al japonés Toma, le decíamos “Chino”, a un
compañero que tenía un tic óptico “Ojitos” y a dos que llegaron de la
sierra “Olluco” y “Caldo de habas”.
Sin olvidar al “Gato” Sisniegas, el “Perro” Zavaleta
y al “Loco” Pajares, entre otros.
Tampoco yo salí librado. “Negro Freddy”, fue el
apelativo con el que me “bautizaron”. Sin necesidad de acudir a la iglesia.
En esa época ni se soñaba con la discriminación racial.
No había DEMUNA. Los padres tenían consideración y aprecio a los profesores.
Ocurrió lo mismo en la Universidad Nacional de Trujillo.
Todos amigos. De donde salimos con un título bajo el brazo a luchar por la vida.
Son pequeños retazos de aquella inolvidable fase
estudiantil, que afloraron ahora que el gobierno quiere devolver la autoridad a
los maestros y el respeto entre alumnos.
Ojalá que las medidas por adoptar sirvan para encarrilar mejor
a la actual generación digital, dominada por lo material, que tanta orientación
requiere.
Quienes estamos a punto de partir, vivimos en otro
tiempo. Transitamos caminos diferentes a los de hoy.
Donde hubo escaso egoísmo y mesurado afán de ostentación.
Con muchas limitaciones, tal vez. Pero, la pasamos tranquilos.
Con menor vértigo, menos miedo y más sonrisas…