Las bebidas alcohólicas y sus efectos son conocidos desde tiempos inmemoriales.
Entre las décadas del sesenta al ochenta, alterné la docencia con el periodismo como reportero de La Industria y Satélite.
Circulaban en Trujillo varios periódicos que competían con nosotros las huidizas primicias.
Eran La Gaceta, La Opinión, Norte, El Liberal y La Palabra, entre otros
En el íntimo y bullicioso ambiente de las oficinas de redacción de entonces, se solía decir que “periodista que no fuma, ni bebe, no es periodista”.
Cumpliendo dicha premisa, eventualmente, nos reuníamos en un escondido huarique de los alrededores o un visible y lujoso bar del centro.
En cualquier escenario, se repetían las frases: “Si no tomas, no eres hombre”, “Vaso lleno”, “Seco y volteao” e impublicables palabras.
Era difícil, en extremo, escapar de esa emboscada “chupística”.
Ante el insistente acoso de ciertos colegas imaginé una salida de emergencia: “Quieres que me quede o me vaya”.
-- ¡Cómo te vas a ir, hermano…! ¡Si recién estamos empezando…!
-- Entonces, déjame tomar como yo quiero –y me servía menos de medio vaso. La pasábamos muy bien hasta el final. Y eso que no tenía carro.
No sabemos cuáles serán los diálogos de hoy, porque estamos divorciados del licor. Si, las fatídicas secuelas del alcohol al bebe en exceso.
También de los accidentes, con decesos incluidos, por manejar un vehículo en estado de ebriedad.
Una joven empresaria vive un infierno por conducir su auto borracha y ocasionado la muerte de una persona.
Si lo invitan a una reunión donde, posiblemente, se consuma licor, vaya y regrese en un taxi de confianza. Retornará seguro y sin problemas
Y no cometa el error de decir que borracho maneja mejor...
